Dedicado a D. Diego Gómez Fernández
Introducción: Un Legado en Bronce
En el corazón de la comarca gallega de Verín, junto al manantial de Aguas de Cabreiroá, una escultura de bronce rinde homenaje a una conexión centenaria. La figura inmortalizada no es otra que la de Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia. La obra, del escultor Manuel Buciños, fue inaugurada en 2006 para conmemorar el doble centenario de la empresa y de la declaración de sus aguas como de “utilidad pública”. Este monumento simboliza una historia fascinante que entrelaza la autoridad del científico más grande de España con el destino de un manantial gallego.
La narrativa oficial, sostenida por la empresa durante más de un siglo, afirma que Ramón y Cajal fue “autor de los primeros análisis, consumidor y cliente de las mismas y prescriptor convencido de estas aguas”. Pero, ¿cuál fue la verdadera naturaleza de esta relación? La historia revela una interacción compleja entre la ciencia, la burocracia, el marketing y la experiencia personal.
El Sello del Nobel: Ciencia, Leyenda y Comercio
En 1906, el mismo año en que Santiago Ramón y Cajal recibía el Premio Nobel, su nombre quedó indeleblemente ligado al manantial de Cabreiroá. Para la recién fundada empresa, que emergía en el competitivo entorno de los balnearios de Verín, un aval científico era una necesidad estratégica para destacar.
El Certificado de 1906 y su Impacto
A la entrada del histórico templete del balneario, dos placas de mármol de la época dan fe de la conexión. Una detalla el “Análisis químico”; la otra, el “Análisis higiénico”. Es en esta última donde la firma de Cajal rubrica una afirmación de inmenso valor comercial: que las aguas de Cabreiroá no contienen “ninguna bacteria patológica” y deben calificarse “entre las más puras y de excelentes condiciones higiénicas”.



En una era donde las enfermedades transmitidas por el agua eran una amenaza constante y la ciencia bacteriológica era una disciplina en auge, esta certificación era una poderosa garantía de salubridad. La empresa no tardó en capitalizarla. La publicidad de la época proclamaba con orgullo:
“Ramón y Cajal, que ganó el Premio Nobel compitiendo con los más eminentes sabios de todas las naciones, ha afirmado con la inequívoca autoridad de su firma que el agua mineral natural de Cabreiroá es bacteriológicamente pura”.
Cabreiroá
Este aval fue, además, un requisito indispensable para obtener la “Declaración de Utilidad Pública” el 15 de diciembre de 1906, el estatus oficial que permitía la explotación comercial y el embotellado masivo del agua. Gracias a ello, Cabreiroá experimentó un éxito casi inmediato, convirtiéndose en una de las aguas minerales españolas más exportadas, con especial penetración en Sudamérica.

La Realidad Detrás de la Firma
A pesar de la contundente narrativa empresarial, la investigación académica sugiere una realidad más matizada. Es muy probable que la participación de Cajal fuera una formalidad burocrática. En su calidad de director del Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII, su firma podría haber sido requerida en ciertos certificados oficiales como un mero trámite administrativo, sin implicar una participación directa en los análisis.

Esta hipótesis se ve reforzada por el propio Cajal. En una carta enviada a la prensa de Madrid, el científico “negó vehementemente cualquier implicación con los análisis químicos reales o la promoción comercial” de aguas minerales. Su genio residía en la neurohistología y, aunque tenía un notable interés en la bacteriología, no era un químico analítico.

La Conexión Personal
Sin embargo, la historia da un giro personal que le añade una capa de autenticidad. En septiembre de 1909, tres años después de la famosa certificación, Santiago Ramón y Cajal pasó unos días en el balneario de Cabreiroá. Según un periódico gallego de la época, el propio científico declaró:

“Gracias a las virtudes del manantial de Cabreiroá del cual hago uso constante desde hace más de un año he recobrado la salud, seriamente comprometida por los efectos debilitantes de un catarro intestinal crónico, y por la amenaza de cólicos hepáticos”.
Carta manuscrita de Cajal al director del establecimiento termal ourensano
Este testimonio personal, aunque de naturaleza anecdótica, revela una conexión genuina. Cajal, el hombre, parece haberse beneficiado de las aguas, aunque Cajal, el científico y burócrata, negara su implicación comercial y firmara el documento de forma protocolaria.

Conclusión: Una Huella Indeleble
La relación entre Santiago Ramón y Cajal y las Aguas de Cabreiroá es un ejemplo magistral de cómo la autoridad científica puede forjar un legado comercial duradero. La historia se asienta sobre tres pilares: un acto administrativo que llevó su prestigiosa firma a un certificado de pureza; una astuta estrategia de marketing que transformó ese acto en un respaldo personal y directo; y, finalmente, un testimonio personal del propio Nobel que, años más tarde, validó las virtudes del manantial.
La estatua de bronce que hoy custodia el manantial no celebra un simple hecho, sino un mito fundacional extraordinariamente productivo. Es un monumento a la convergencia de la ciencia, el comercio y la salud, y un recordatorio perenne de cómo el nombre del mayor científico de España se convirtió en la piedra angular de una marca centenaria.
Letra: Os bós e xenerosos

Gallego (letra oficial) Que din os rumorosos na costa verdescente, ao raio transparente do prácido luar?
Que din as altas copas de escuro arume arpado co seu ben compasado monótono fungar?
Do teu verdor cinguido e de benignos astros, confín dos verdes castros e valeroso chan,
non des a esquecemento da inxuria o rudo encono; esperta do teu sono Fogar de Breogán.
Os bos e xenerosos a nosa voz entenden e con arroubo atenden o noso rouco son,
mais só os ignorantes e féridos e duros, imbéciles e escuros non nos entenden, non.
Os tempos son chegados dos bardos das idades que as vosas vaguedades cumprido fin terán;
pois, onde quer, xigante a nosa voz pregoa a redenzón da boa Nazón de Breogán.
Gallego (letra original de 1890) Que din os rumorosos Na costa verdecente, Ó rayo trasparente, Do prácido luar…?
Que din as altas copas D’escuro arume arpado, Co seu ben compasado, Monótono fungar…?
Do teu verdor cingido, É de benígnos astros, Confin dos verdes castros, E valeroso clán,
Non dés a esquecemento, Da injuria o rudo encono; Despérta do teu sono, Fogar de Breogán.
Os boos e generosos, A nosa voz entenden; E con arroubo atenden, O noso rouco son;
Mas, sós os ignorantes, E férridos e duros, Imbéciles e escuros No-nos entenden, non.
Os tempos son chegados, Dos bardos das edades, cas vosas vaguedades, Cumprido fin terán;
Pois donde quer gigante, A nosa voz pregóa, A redenzón da bóa Nazón de Breogán.
Español ¿Qué dicen los rumorosos, en la costa verdeante al rayo transparente de la plácida luz de luna?
¿Qué dicen las altas copas de oscuro follaje arpado con su bien acompasado monótono zumbar?
De tu verdor ceñido y de benignos astros confín de los verdes castros y valeroso suelo.
No des al olvido de la injuria el rudo encono; despierta de tu sueño Hogar de Breogán.
Los buenos y generosos nuestra voz entienden y con devoción atienden nuestro ronco sonido,
Pero solo los ignorantes y débiles y duros, imbéciles y oscuros no nos entienden, no.
Los tiempos son llegados de los bardos de las edades que vuestras vaguedades cumplido fin tendrán;
pues, donde quiere, gigante, nuestra voz pregona la redención de la buena Nación de Breogán.
© Foto de portada: A Morada do Cigarrón.


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