En las calles de cualquier pueblo, o ciudad española, una figura colosal de casi cuatro metros avanza con una gracia solemne. No es un rey medieval, sino ¿Santiago Ramón y Cajal?, padre de la neurociencia, renacido como un gigante danzante. Esta imagen sorprendente plantea una pregunta: por qué no hacer bailar al mayor científico de nuestra historia, ¿por qué no extender el homenaje a toda su familia personal y científica?
Esta es una invitación a las comparsas de gigantes, cabezudos y tragachicos de toda España para mirar más allá de los reyes y reinas tradicionales y abrazar a los héroes de la ciencia y la cultura. Es un llamamiento para que Santiago, su esposa Silveria Fañanás, su hermano Pedro Ramón y Cajal y su Escuela Científica se unan a las fiestas de nuestros pueblos.
Nuevos Héroes para una Tradición Centenaria
La tradición de los gigantes y cabezudos, nacida en las procesiones religiosas medievales, ha demostrado una increíble capacidad de adaptación. Las figuras que antes representaban vicios o reyes de continentes lejanos, hoy cada vez más encarnan a personajes históricos locales, transformando los desfiles en un panteón de la memoria popular.
En esta nueva era de gigantes con identidad, la familia Cajal emerge como candidata ideal. Su legado no solo pertenece a los libros de ciencia, sino al imaginario colectivo de toda España. Afortunadamente, ya existen valientes precedentes.
Santiago Ramón y Cajal: En el pueblo de Ayerbe (Huesca), donde el científico pasó parte de su infancia, dio un paso pionero en 2002. Creó dos gigantes, “Santiagué” y “Perico”, que representan a los hermanos Santiago y Pedro Ramón y Cajal como los niños que un día corrieron por sus calles. Las cabezas son réplicas de fotografías de los hermanos Cajal cuando eran unos niños, y fueron construidas en la Escuela de Arte de Huesca, los trajes fueron elaborados por Óscar Abadiano y Gloria Puente. Este tierno homenaje demuestra que se puede honrar a los grandes hombres recordando también sus orígenes humildes.
Silveria Fañanás García: Es hora de rescatar del olvido a la mujer que fue pilar fundamental en la carrera del Nobel. Silveria (Huesca, 1854) no fue solo su esposa, sino su colaboradora indispensable. Como fotógrafa y ayudante de laboratorio, fue una pieza clave en sus investigaciones, utilizando técnicas artesanales para crear las placas fotográficas que Cajal estudiaba. Su fe incondicional y su apoyo económico, ahorrando el dinero que permitió a Cajal viajar al congreso de Berlín que lo consagró, fueron decisivos. Una giganta de Silveria junto a Santiago sería un acto de justicia histórica, un homenaje a todas las mujeres cuyo trabajo ha sido fundamental pero invisible.
Pedro Ramón y Cajal: El hermano menor de Santiago fue mucho más que un familiar. Pedro (Larrés, 1854) fue un médico e investigador de enorme prestigio por derecho propio. Tras una juventud aventurera en Sudamérica, se licenció en medicina y se convirtió en un reputado catedrático de ginecología e histología en Cádiz y Zaragoza. Fue un pionero en la oncología clínica en España, de los primeros en usar biopsias sistemáticas y precursor de la radioterapia. Su propia y brillante carrera científica lo convierte en un candidato perfecto para ser inmortalizado como un gigante de la ciencia.
“Santiagué” y “Perico” en Ayerbe. .
Los gigantes […] A estos los conocí de niño, les traté, les admiré, les cí, olí y toque; si, les toque también ¡Vaya si les toqué! Eran los míos.
Llegaban lo menos hasta el segundo piso, iban serios y graves; ni se dignaban mirar a los chiquillos que les precedíamos. […] ¡Qué bailes sus bailes, con qué gravedad danzaban, sin que siquiera se les viera los pies! Pero no, no; que yo se los ví, yo mismo, unos piececitos enanos, chiquirriticos. ¡Qué desencanto!
El profesor Florencio. Foto deEl profesor Florencio en Zaragoza
¿Y el cabezudo? ¡Qué fiero nos arremetía! Pero observé (yo siempre he sido observador) que era el cabezudo razonable, y que, como el toro, no azuzándole, se pasaba de largo. Le esperaba yo un día en la acera de mi calle, y según él se acercaba, se acrecentaban los latidos de mi corazón […] ¡Qué rabia! ¡No se lo que le hubiera hecho…! Ni me tocó […]
Aragón y Navarra, tierra de los Cajal, posee una riquísima tradición gigantera. Zaragoza en estos días con sus cabezudos y tragachicos representa a personajes de la historia y la literatura, como en Alcañiz, Ayerbe, Beceite, Calatayud, Fraga, Tafalla o Calanda, la pasión por estas figuras está profundamente arraigada.
El tragachicos está considerado como uno de los actos más bonitos de todas las fiestas y más antiguo que la Ofrenda de Flores, ya que su origen se remonta a 1949. .
¿Qué mejor lugar que las plazas de Aragón para ver bailar por primera vez a la familia Cajal al completo? Imaginemos a Santiago y Silveria danzando una jota, o quizás un vals en las Fiestas del Pilar, o a los jóvenes “Santiagué” y “Perico” correteando de nuevo por las calles de Ayerbe. Sería una forma poderosa y festiva de conectar a las nuevas generaciones con su legado, transformando a los gigantes del intelecto en figuras cercanas y queridas.
Este es un reto y una oportunidad para que artesanos y asociaciones culturales se conviertan, como diría el propio Cajal, en “escultores de su propia tradición”. Al crear estas figuras, no solo se rinde homenaje a una familia excepcional, sino que se lanza un mensaje inspirador: la ciencia, el conocimiento y la colaboración son valores dignos de ser celebrados con la misma alegría y pasión que la más antigua de nuestras fiestas.
Fiestas de San Roque en Calanda. Fotografía de Robert SchneiderDisfrutando en familia
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