Dedicado a Santiago Manuel López García

1. El Ocaso de un Imperio y el Despertar de la Conciencia Científica

1.1. La Crisis del 98 como Catalizador Intelectual y Moral

La historia de la ciencia en España durante el primer tercio del siglo XX no puede interpretarse como un fenómeno aislado de laboratorio, sino como una respuesta sistémica, visceral y profundamente política a una crisis de identidad nacional sin precedentes. El año 1898 marca una cicatriz indeleble en la conciencia colectiva española. La pérdida de las últimas provincias de ultramar —Cuba, Puerto Rico y Filipinas— no solo supuso una merma territorial y económica, sino que certificó ante los ojos del mundo y de los propios españoles el fracaso del modelo de Estado de la Restauración. Mientras las potencias europeas y Estados Unidos cabalgaban a lomos de la Segunda Revolución Industrial, España parecía replegarse en un pasado glorioso pero inoperante, anclada en estructuras agrarias y caciquiles, y con una desconexión alarmante entre la academia y la realidad técnica global.

En este contexto de pesimismo existencial, surgió el movimiento conocido como Regeneracionismo, una corriente intelectual que diagnosticó los males de la patria con la precisión de un cirujano. La conclusión fue unánime: el atraso de España no se debía a una inferioridad racial o espiritual, como sugerían algunas teorías fatalistas de la época, sino a una deficiencia estructural en la educación y, muy específicamente, en el cultivo de la ciencia y la técnica. La frase de Joaquín Costa, “despensa y escuela”, se convirtió en el lema de una generación que entendió que la soberanía nacional ya no se defendía con tercios en Flandes, sino con laboratorios de física, cátedras de biología y escuelas de ingeniería.

1.2. La Proclama de Echegaray: La Ciencia como Fuerza de las Naciones

Uno de los hitos fundacionales de este nuevo espíritu se encuentra en el discurso de apertura del curso académico del Ateneo de Madrid en 1898. El encargado de pronunciarlo fue José Echegaray (1832-1916), una figura que encarnaba la posible reconciliación de las “dos culturas”: ingeniero de caminos, matemático brillante introductor de la teoría de Galois en España, dramaturgo de éxito y posteriormente Premio Nobel de Literatura.

Bajo el título «De lo que constituye la fuerza de las naciones», Echegaray articuló una tesis que resonaría durante décadas en los pasillos de las universidades y en las redacciones de los periódicos. En un tono grave, marcado por las “angustias nacionales” recientes, Echegaray desmanteló la retórica imperialista tradicional para afirmar que la verdadera potencia de un Estado moderno residía en su dominio sobre las leyes de la naturaleza. ”Si renunciando a elegir un tema concreto, no os hablo de otra cosa que de nuestras catástrofes”, advertía, “parecería que era yo presa de no sé qué linaje de egoísmo”. Por ello, eligió hablar de ciencia matemática y física, no como evasión, sino como solución. Para Echegaray, la física matemática y la capacidad industrial eran los verdaderos indicadores de vitalidad de un pueblo. Su discurso no fue un lamento, sino un programa de acción: España debía abrazar la modernidad científica o resignarse a la irrelevancia histórica.

Este llamamiento no cayó en saco roto. La élite intelectual, tanto liberal como conservadora, comenzó a movilizarse para crear las estructuras necesarias que permitieran a España reengancharse al tren del progreso europeo. Se gestaba así lo que la historiografía ha denominado la Edad de Plata de la cultura española, un periodo de esplendor científico y literario que solo sería truncado por la tragedia de la Guerra Civil.

1.3. El ímpetu de Cajal

Las dos grandes pasiones del hombre de ciencia son el orgullo y el patriotismo. Trabajan, sin duda, por amor a la verdad, pero laboran aún más en pro de su prestigio personal o de la soberanía intelectual de su país. Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio. Por donde, lejos de acoger con agrado y curiosidad la conquista realizada en extrañas tierras, la recibe receloso, como si le trajera insufrible humillación. A menos que el invento sea de tal magnitud y transcendencia industrial que ignorarlo constituyera pecado de leso patriotismo.

Santiago Ramón y Cajal

2. La Institucionalización del Progreso: Génesis y Misión de la AEPC

2.1. De la Historia Natural a la Ciencia Integral

La cristalización organizativa de este anhelo regeneracionista tuvo lugar en 1908 con la fundación de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (AEPC). El germen de esta institución se encuentra en una iniciativa aparentemente modesta de la Sección de Zaragoza de la Real Sociedad Española de Historia Natural (RSEHN).

Con motivo de la celebración del Centenario de los Sitios de Zaragoza —una efeméride patriótica que recordaba la resistencia contra las tropas napoleónicas—, los naturalistas aragoneses propusieron celebrar un congreso nacional de su disciplina. Sin embargo, la visión de los líderes científicos de Madrid era mucho más ambiciosa.

Luis Simarro (1851-1921), entonces presidente de la RSEHN, neurólogo y psicólogo experimental de primera línea, vio en esta propuesta la oportunidad de crear algo que España necesitaba desesperadamente: una organización paraguas que reuniera a todas las ramas del saber, superando la fragmentación y el aislamiento de los investigadores. Simarro, consciente de que la ciencia necesitaba del poder político para prosperar, acudió a Segismundo Moret (1833-1913), una de las figuras políticas más influyentes de la Restauración, exministro con Amadeo I, Alfonso XII y la Regencia, y expresidente del Consejo de Ministros.

La intervención de Moret fue decisiva. Transformó un proyecto gremial en una cuestión de Estado. El objetivo ya no era solo reunir a botánicos y zoólogos, sino según palabras del propio Moret en el discurso inaugural, “Aunar los esfuerzos intelectuales de los hombres que en España se dedican a la investigación… y que parecen escasos porque se hallan diseminados”. La ambición era demostrar, ante el país y ante el extranjero, la ”cantidad y calidad del poder intelectual” que España poseía pero que permanecía latente por falta de articulación institucional.

La AEPC nació para ser el sistema nervioso que conectara las células aisladas del talento nacional, creando un organismo funcional capaz de pensar y actuar. 

2.2. El Modelo Internacional y la Singularidad Española

La creación de la AEPC se inspiró explícitamente en modelos internacionales de éxito, principalmente la British Association for the Advancement of Science (BAAS), fundada en 1831, y la American Association for the Advancement of Science (AAAS), fundada en 1848, así como la Association Française pour l’Avancement des Sciences (AFAS). Estas asociaciones habían sido fundamentales en sus respectivos países para crear una comunidad científica cohesionada y para presionar a los gobiernos en favor de la inversión en I+D.

No obstante, la AEPC nació con una singularidad puramente española, derivada de las carencias del Estado. Mientras que sus homólogas británica y estadounidense se centraban primordialmente en la comunicación entre pares y la divulgación, la AEPC asumió en sus estatutos funciones casi ministeriales: “procurar la fundación de instituciones de enseñanza”, “favorecer la comunicación intelectual entre el país y las clases asociadas” y “auxiliar los trabajos de investigación”. En un país con un sistema educativo anquilosado y una inversión pública en ciencia casi nula, la AEPC (junto con la Junta para Ampliación de Estudios, creada un año antes, en 1907) tuvo que suplir las deficiencias del Estado, actuando como un ministerio de ciencia in pectore impulsado por la sociedad civil.

La asamblea fundacional, celebrada el 2 de enero de 1908 en el Ateneo de Madrid —lugar simbólico del liberalismo intelectual—, congregó a representantes de las Academias, la Universidad, la prensa y los laboratorios. La presidencia de honor aceptada por el rey Alfonso XIII otorgó al proyecto la máxima legitimidad institucional, protegiéndolo en cierta medida de los vaivenes políticos partidistas, aunque no de las luchas ideológicas internas que marcarían su historia.

3. La Arquitectura del Conocimiento: Estructura y Dinámicas de la AEPC

3.1. Las Secciones Científicas: Un Enfoque Enciclopédico

Para cumplir con su misión de “fomento de la cultura nacional en sus manifestaciones científicas principalmente”, la AEPC se dotó de una estructura organizativa que abarcaba todo el espectro del conocimiento académico de la época. A diferencia de la especialización extrema actual, la AEPC promovía una visión holística del saber. Sus secciones originales incluían:

  • Ciencias Matemáticas: Herederas de la tradición de Echegaray y fortalecidas por figuras como Rey Pastor.

  • Astronomía y Física del Globo: Un campo donde España, gracias a observatorios como el del Ebro o el de San Fernando, mantenía un nivel internacional respetable.

  • Ciencias Físico-Químicas: Impulsadas por la figura emergente de Blas Cabrera.

  • Ciencias Naturales: El núcleo original, con biólogos, geólogos y botánicos.

  • Ciencias Sociales: Una inclusión fundamental y progresista para la época, reconociendo a la sociología, la economía y la política como disciplinas susceptibles de análisis científico.

  • Ciencias Filosóficas, Históricas y Filológicas: Integrando las humanidades en el mismo foro que las ciencias duras, algo poco común en otros países pero vital en España para incorporar a los historiadores y filósofos al proyecto regeneracionista.

  • Ciencias Médicas: La sección más numerosa y potente, dada la tradición médica española y el liderazgo de Cajal.

  • Aplicaciones: Ingeniería, agricultura e industria, buscando la transferencia de conocimiento a la economía real.

Esta estructura multidisciplinar permitía que en los congresos de la AEPC dialogaran ingenieros con filósofos y médicos con astrónomos, fomentando una “fertilización cruzada” de ideas que fue clave para la modernización intelectual.

3.2. La Simbiosis con la Junta para Ampliación de Estudios (JAE)

Es imposible comprender el alcance de la AEPC sin analizar su relación orgánica con la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). Ambas instituciones formaban las dos caras de una misma moneda regeneracionista, impulsada en gran medida por el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza (ILE).

Mientras la AEPC funcionaba como el órgano de difusión, reunión y debate (la “plaza pública” de la ciencia), la JAE operaba como el motor de formación y creación de conocimiento (la “fábrica” de la ciencia). Presidida por Santiago Ramón y Cajal desde su fundación en 1907 hasta su muerte en 1934, la JAE tenía como objetivo principal romper el aislamiento español mediante un agresivo programa de becas (pensiones) para enviar a graduados al extranjero.

La estrategia era clara: importar el conocimiento de vanguardia de Alemania, Francia y Reino Unido para luego implantarlo en España mediante la creación de nuevos laboratorios y centros de investigación, como el Centro de Estudios Históricos o el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales. La AEPC se beneficiaba directamente de este flujo: los pensionados de la JAE regresaban a España y presentaban sus hallazgos innovadores en los congresos de la Asociación, elevando drásticamente el nivel científico de las reuniones.

Esta alianza estratégica permitió articular tres vías de desarrollo disciplinar en España:

  • La vía neuropsicológica: Liderada por la Escuela de Cajal y sus discípulos (Tello, Achúcarro, Pío del Río Hortega), que situaron a la histología española en la cima mundial.

  • La vía experimental: Con físicos y químicos como Blas Cabrera y Enrique Moles, que trajeron la física cuántica y la química física a un país donde apenas existía tradición experimental.

  • La vía psicopedagógica: Con figuras como Lorenzo Luzuriaga, que utilizaron la psicología y la pedagogía para reformar el sistema educativo, cristalizando años más tarde en las reformas de la Segunda República.

4. Cronología del Progreso: Los Congresos Itinerantes de la AEPC

El principal instrumento de acción de la AEPC fueron sus congresos itinerantes. Siguiendo el modelo británico, la Asociación decidió no establecerse permanentemente en Madrid, sino viajar por la geografía española para “evangelizar” científicamente a las provincias, descentralizar la cultura y despertar vocaciones locales.

**AñoSignificado Histórico y CientíficoI Congreso: Zaragoza (1908)**Fundación Patriótica. Coincidiendo con el Centenario de los Sitios, se vinculó explícitamente la resistencia militar histórica con la nueva resistencia intelectual. Fue la demostración de que la periferia (Aragón) podía liderar iniciativas nacionales.**II Congreso: Valencia (1910)**Medicina y Agricultura. Consolidó la estructura de secciones. Valencia aportó su potente tradición médica y un enfoque pragmático en agricultura (cítricos, regadío), vital para la economía exportadora.**III Congreso: Granada (1911)**La Monumentalidad. Las actas ocuparon diez volúmenes. Granada, ciudad universitaria histórica pero en una región deprimida, utilizó el congreso para reivindicarse. Se destacaron trabajos sobre astronomía y física del globo, aprovechando los cielos de Sierra Nevada.**IV Congreso: Madrid (1913)**Demostración de Fuerza. El regreso a la capital sirvió para exhibir ante el gobierno los primeros frutos de la política de pensiones de la JAE. José Ortega y Gasset, joven filósofo, presentó aquí su ponencia “Sensación, construcción e intuición”, marcando su entrada en la arena intelectual de la AEPC.**V Congreso: Valladolid (1915)**Ciencia en Guerra. Celebrado en plena Primera Guerra Mundial (en la que España fue neutral), este congreso tuvo un fuerte componente de reflexión sobre el papel de la ciencia y la industria en tiempos de conflicto. Valladolid, corazón agrario de Castilla, acogió debates sobre la modernización agrícola y la química de fertilizantes.**VI Congreso: Sevilla (1917)**Americanismo. Se giró la mirada hacia Ultramar. Arqueología y ciencias naturales enfocadas en las antiguas provincias, anticipando el “hispanismo científico”.**VII Congreso: Bilbao (1919)**Pujanza Industrial. En el corazón industrial del País Vasco, el congreso giró inevitablemente hacia las ciencias aplicadas: metalurgia, minería, ingeniería naval y economía. Fue el congreso más “técnico” y contó con el fuerte apoyo de la burguesía industrial vasca, que entendía mejor que nadie la relación entre I+D y beneficio económico.VIII Congreso: Oporto (1921) - El Hito Ibérico****Iberismo Científico. Este congreso marcó un punto de inflexión geopolítico. Fue el primer congreso conjunto con la recién creada Associação Portuguesa para o Progresso das Ciências (APPC) (fundada en 1917). Bajo la presidencia del matemático portugués Francisco Gomes Teixeira, se inauguró una era de “Iberismo Científico”. Españoles y portugueses, conscientes de su posición periférica en Europa, decidieron unir fuerzas para crear una masa crítica peninsular. Fue un acto de diplomacia científica de primer orden.**IX Congreso: Salamanca (1923)**Humanismo y Ciencia. Continuando la alianza ibérica, Salamanca acogió el segundo congreso conjunto (IX de la AEPC, II de la APPC). La ciudad, sede de una de las universidades más antiguas de Europa, simbolizaba la unión de la tradición humanística con la nueva ciencia. Se publicaron actas extensas y se reafirmó la colaboración luso-española.**XI Congreso: Cádiz (1928)**Geopolítica Africana. Con la dictadura de Primo de Rivera ya avanzada, este congreso tuvo un enfoque estratégico (África), geología y biología marina. Se presentaron trabajos sobre la geología de Marruecos y estudios antropológicos, reflejando los intereses geopolíticos del régimen en el norte de África.

Esta itinerancia no era meramente logística; era una estrategia de construcción nacional. Cada congreso dejaba tras de sí laboratorios mejorados, bibliotecas actualizadas y redes de contacto locales que perduraban más allá del evento.

5. Titanes de la Ciencia y la Divulgación: Perfiles Biográficos

El éxito de la AEPC y del renacimiento científico español se debió al empuje de individuos excepcionales que combinaron la excelencia investigadora con un compromiso cívico inquebrantable. En el centro de esta galaxia brillaba la figura de Santiago Ramón y Cajal, su espíritu impregnaba cada rincón del renacimiento científico.

5.1. Santiago Ramón y Cajal: El Patriarca y el Filósofo

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) es la piedra angular de todo el edificio científico español. Su Premio Nobel en 1906 no fue el final de su carrera, sino el inicio de su etapa como estadista de la ciencia. Como presidente de la JAE y figura tutelar de la AEPC, Cajal impuso una ética del trabajo basada en el rigor, la perseverancia y la independencia de criterio.

La Neurona como Ciudadano Cajal no solo aportó descubrimientos; aportó una filosofía de vida. En el propio Congreso de Zaragoza de 1908, Cajal presentó un discurso revelador donde comparaba las neuronas con “elementos sociables” que luchan por la vida, trazando un paralelismo fascinante entre la biología celular y la sociedad humana. “Nuestra voluntad solo puede pulir la máquina cerebral y reforzar algunas vías de transmisión, pero no puede añadir al admirable mecanismo una pieza nueva”, advertía. El mensaje era claro: la nación, como el cerebro, tiene una herencia dada, pero es el esfuerzo individual —la voluntad— lo que perfecciona su funcionamiento.

Los Tónicos de la Voluntad En sus escritos, como Reglas y consejos sobre la investigación científica, Cajal desmontó el mito del genio romántico para ensalzar la “religión de la voluntad”. Su mandato a los jóvenes investigadores fue una inyección de autoestima: “Hay que fabricar ciencia original”. Instaba a perder el complejo de inferioridad y a mirar directamente a la Naturaleza sin la intermediación de los libros extranjeros, elevando la observación empírica a la categoría de deber patriótico.

Cajal fue también un divulgador apasionado que desmitificó el genio, argumentando que todo investigador medio podía contribuir a la ciencia si tenía la disciplina adecuada. Cajal era un observador agudo de la sociedad, preocupado por la educación y la moral nacional que insistía obsesivamente en que “la naturaleza” era la única maestra verdadera, instando a los jóvenes a abandonar la reverencia servil por los libros antiguos y a “fabricar ciencia original”. Su visión de la neurociencia incluía conceptos adelantados a su tiempo sobre la plasticidad cerebral, que explicaba con metáforas accesibles para la sociedad.

En cuanto a los genios, sabido es que difícilmente se doblegan a las reglas escritas: prefieren hacerlas. Como dice Condorcet, «las medianías pueden educarse, pero los genios se educan por sí solos».

Santiago Ramón y Cajal

5.2. Pío del Río Hortega: El Tercer Elemento y la Disidencia Necesaria

Si Cajal fue el arquitecto del sistema nervioso, Pío del Río Hortega (1882-1945) fue el explorador que se atrevió a iluminar los rincones que el maestro había dejado en penumbra. Su inclusión en esta historia es obligada no solo por sus descubrimientos, sino por lo que su figura representa: la madurez de la ciencia española, capaz ya de producir disidencia interna y evolución más allá del fundador.

El Vínculo con Achúcarro: Hortega no surgió de la nada. Fue el discípulo predilecto de Nicolás Achúcarro (1880-1918), el neuropsiquiatra brillante y cosmopolita que actuó como puente entre la vieja escuela de Cajal y la modernidad europea. Tras la prematura muerte de Achúcarro, Hortega heredó su laboratorio y su visión técnica refinada, lo que le permitió perfeccionar las impregnaciones que le darían la fama.

El “Castillo” de Portillo y la Identidad: Nacido en Portillo (Valladolid), Don Pío era un hombre de raíces profundas. Según relató Pío Baroja en sus memorias, Río Hortega era un personaje singular que, en medio de la vorágine científica internacional, hablaba con más pasión de su pueblo, de su familia y de la ortografía de su apellido (“Hortega con hache”, insistía, reivindicando un linaje antiguo) que de política general. Su padre había comprado el castillo de Portillo para evitar su ruina, y esa fortaleza castellana parecía ser una metáfora de su carácter: resistente, noble y algo aislado. Esta conexión con la tierra (el “rastro de Portillo”) le otorgaba una perspectiva vital distinta a la de los científicos urbanitas; su ciencia era universal, pero su anclaje era local.

La Gran Disputa: El Tercer Elemento: La relación entre Cajal y Río Hortega protagonizó uno de los episodios más tensos y fructíferos de la ciencia española. Cajal había identificado neuronas y astrocitos, pero existía un “tercer elemento” en el cerebro que sus técnicas de tinción (oro-sublimado) no lograban resolver. Río Hortega, con una habilidad técnica prodigiosa, desarrolló el método del carbonato de plata amoniacal. Con esta nueva “lente”, descubrió que el tercer elemento no era una masa amorfa, sino dos tipos celulares distintos y vitales: la microglía (células inmunes) y la oligodendroglia.

Este hallazgo, publicado hacia 1919, fue providencial. Río Hortega, financiado por la JAE, estableció su propio laboratorio. Allí alcanzó tal nivel de excelencia que figuras internacionales como Wilder Penfield acudieron a Madrid para aprender de él.

Su pertenencia orgánica a la AEPC se materializó con su nombramiento como Secretario General en 1933. Este cargo no era honorífico; implicaba la gestión ejecutiva de la asociación en un momento crítico de la historia de España (la Segunda República). En su discurso inaugural del XV Congreso de la AEPC en Santander (1938, ya en plena guerra y en zona republicana, aunque el congreso original de Santander estaba previsto para antes), Hortega recordó su toma de posesión “hace cinco años” y delineó su visión transformadora. Como Secretario General, Hortega impulsó la modernización de la AEPC. Se dio cuenta de que los congresos bienales eran insuficientes para mantener el pulso científico. Necesitaba un órgano de expresión continua. Insistiendo en

  • Difundir los avances científicos en provincias.

  • Crear redes de contacto entre investigadores aislados.

  • Fomentar la interdisciplinariedad (ciencias exactas, naturales, médicas y sociales).   

5.3. José Echegaray: El Puente entre Dos Siglos

José Echegaray fue un polímata. Su capacidad para transitar entre las matemáticas superiores y el teatro popular le otorgó una audiencia que ningún otro científico tenía. Aunque sus detractores literarios (la Generación del 98) criticaban su exitoso teatro neorromántico, nadie discutía su autoridad científica. Como divulgador, Echegaray tenía el don de la metáfora. Sus artículos en prensa y sus discursos explicaban la termodinámica o la geometría moderna con una claridad literaria envidiable. Fue el gran legitimador social de la ciencia: cuando Echegaray hablaba de la importancia de las matemáticas, la burguesía española escuchaba. En la clausura de aquel congreso fundacional en Zaragoza, Echegaray definió con poesía la dualidad de su misión: “Así la Ciencia pura en el cielo del pensamiento, así la Ciencia de aplicación en el trabajo humano”. La ciencia ya no era solo saber; era hacer España.   

5.4. Blas Cabrera: El Anfitrión de Einstein

Arrecife, 1878 – 1945. Se trasladó a Madrid para estudiar derecho, siguiendo la tradición familiar. Sin embargo, conoció a Santiago Ramón y Cajal, que lo convenció para dejar derecho y estudiar ciencias. Si Cajal era el biólogo de la nación, Blas Cabrera fue su físico. Considerado el padre de la física moderna española, Cabrera logró lo impensable: situar a España en el mapa de la física. Anfitrión de Albert Einstein en su visita a España en 1923, en 1928 fue elegido miembro de la Academia de Ciencias Francesa, siendo patrocinado por los físicos Paul Langevin y Maurice de Broglie. Ese año recibió el mayor reconocimiento de toda su carrera: propuesto por Albert Einstein y Marie Curie, Cabrera fue nombrado miembro del Comité Científico de la VI Conferencia Solvay. Estos congresos, de periodicidad trianual, reunían a los mejores físicos del mundo.

En 1933 participó en la creación de la Universidad Internacional de Verano de Santander, actual Universidad Internacional Menéndez Pelayo, siendo nombrado rector el año siguiente. En 1937 fue nombrado secretario de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, cargo que ocuparía entre 1937 y 1941 en París.

5.5. Ignacio Bolívar: El Otro Gigante

A menudo eclipsado por la inmensa sombra de Cajal, Ignacio Bolívar fue una pieza fundamental del engranaje (quienes se conocieron ya en 1887 justo antes de mostrar el Dr. Simarro en su casa cortes famosos del cerebro, impregnados mediante método Golgi). Recordamos el pasaje:

D. Luis Simarro, recién llegado de París y entregado al noble empeño de promover entre nosotros el gusto hacia la investigación; y, en fin, la realizada al laboratorio privado del prestigioso neurólogo valenciano, quien, por cultivar la especialidad profesional de las enfermedades mentales, se ocupaba en el análisis de las alteraciones del sistema nervioso (asistido, por cierto, de copiosísima biblioteca neurológica), ensayando paciente y esmeradamente cuantas novedades técnicas aparecían en el extranjero.

Fue precisamente en casa del Dr. Simarro, situada en la calle del Arco de Santa María, 41, donde por primera vez tuve ocasión de admirar excelentes preparaciones del método de Weigert-Pal, y singularmente, según dejo apuntado aquellos cortes famosos del cerebro, impregnados mediante el proceder argéntico del sabio de Pavía.

Santiago Ramón y Cajal

Como director del Museo Nacional de Ciencias Naturales y presidente de la Real Sociedad Española de Historia Natural, Bolívar modernizó la zoología y la entomología. Su prestigio era equivalente al de Cajal, y su exilio a México tras la guerra supuso una pérdida irreparable para la gestión científica nacional.

5.6. Odón de Buen: La Ciencia Militante y el Océano

Si Cajal era el patriarca respetado por todos, Odón de Buen (1863-1945) era el guerrero polémico. Catedrático de Historia Natural, fue el principal introductor del darwinismo en la universidad española, lo que provocó que la Iglesia incluyera sus manuales en el Índice de libros prohibidos y lanzara campañas para excomulgarlo. Lejos de amilanarse, De Buen convirtió la ciencia en una herramienta de combate político a favor del republicanismo y el librepensamiento.

Fundador del Instituto Español de Oceanografía (IEO) en 1914, De Buen entendió la oceanografía no solo como biología, sino como economía política. Recorrió las costas españolas enseñando a los pescadores técnicas modernas, convencido de que la ciencia debía mejorar directamente la vida de los trabajadores. Su labor divulgativa en prensa socialista y republicana fue incesante, lo que le proporcionó una notable popularidad y aureola entre la juventud estudiantil. Su final fue trágico: encarcelado por los franquistas en 1936, fue canjeado y murió en el exilio en México, siendo su nombre borrado de la historia oficial durante décadas.

«Si el Sr. Odón de Buen y sus alborotadores partidarios quieren propagar sus teorías sectarias de que no hay Dios en el cielo, ni alma en el cerebro, ni Providencia en la historia, ni sanción moral en otra vida eterna; de que el hombre es la bestia, producto del transformismo de la naturaleza y compuesta de materia y fuerza, sin más luz que la de la fatalidad y la de los instintos, sin más orden social que el hombre laico que rompe todo lazo con el cielo, y no se bautiza y se une con el llamado amor libre, y muere en el estercolero del fanatismo librepensador, y adopta como nombre cualquier nombre de la barbarie pagana, vayan a la Institución Libre de Enseñanza o a la sociedad de actos civiles de la conciencia libre; pero no pretendan imponerlas a los alumnos a quienes envían los padres católicos a los establecimientos oficiales, los cuales por el ministerio de las leyes y de la Constitución, son instituciones católicas, como católico es el Estado en todos sus actos públicos».

La Unión Católica, vía El Asombrario.

Odón de BuenDescarga

5.7. Leonardo Torres Quevedo: El Genio de la Ingeniería

Aunque menos volcado en la escritura divulgativa que Cajal o De Buen, Leonardo Torres Quevedo (1852-1936) comunicaba a través de sus invenciones. Sus dirigibles, transbordadores (como el del Niágara) y, sobre todo, sus autómatas ajedrecistas, fascinaron al público mundial y colocaron a la ingeniería española en la vanguardia. En el seno de la AEPC, Torres Quevedo representaba la sección de “Aplicaciones”, defendiendo que la ciencia teórica debía cristalizar en tecnología propia para evitar la dependencia industrial del extranjero.

6. La Batalla por el Idioma: ¿Ciencia en Español o en Alemán?

Uno de los matices más fascinantes y menos explorados de este periodo es el debate sobre el idioma de la ciencia, una “glotopolítica” en la que Pío del Río Hortega jugó un papel de teórico fundamental.

6.1. El Manifiesto de 1937: “La Ciencia y el Idioma”

En 1937, ya en el exilio y en plena Guerra Civil, Río Hortega publicó un ensayo titulado «La ciencia y el idioma» que constituye un verdadero manifiesto de patriotismo lingüístico. En él, Don Pío alertaba contra una tendencia que observaba con preocupación: “Se ha puesto de moda entre los jóvenes estudiosos […] la publicación de sus primeros ensayos en idiomas diferentes al nuestro, y en alemán con singular deleite”.   

Río Hortega argumentaba que publicar en inglés, francés o alemán por “esnobismo” o por buscar un impacto rápido era un error estratégico. Sostenía que Cajal había logrado la verdadera universalidad obligando al mundo a leer español: “Poco a poco, por jornadas, se abrió paso Cajal entre las gentes recelosas […] y consiguió que, para conocer sus pensamientos, aprendiesen español”. Para Hortega, “honrando a su lengua honran a su patria”.   

Esta postura contenía una crítica velada incluso a colegas admirados como el argentino Bernardo Houssay, quienes optaban por publicar en lenguas extranjeras. Río Hortega defendía la creación de una comunidad científica hispanohablante autosuficiente, capaz de generar su propia terminología y de dialogar de tú a tú con las potencias del norte. Su visión anticipaba debates actuales sobre la hegemonía del inglés en la ciencia (bibliometría, factor de impacto), reivindicando el español no solo como lengua de cultura, sino de precisión técnica.   

7. La Revolución Mediática: Prensa y Revistas para una Nueva Sociedad

La AEPC y sus miembros comprendieron que los congresos no eran suficientes; necesitaban penetrar en la vida cotidiana de los españoles a través de la letra impresa.

7.1. Revista Ibérica: La Respuesta Jesuita a la Modernidad

Un caso fascinante de divulgación científica fue la Revista Ibérica, fundada en 1913 por el Padre Ricard Cirera en el Observatorio del Ebro. Subtitulada “El progreso de las ciencias y sus aplicaciones”, esta publicación semanal demuestra que la Iglesia Católica no era un monolito anticientífico. Los jesuitas del Observatorio del Ebro, punteros en heliofísica y geomagnetismo, crearon una revista de altísima calidad técnica y gráfica, homologable al Scientific American o* Nature*.

Ibérica: El progreso de las Ciencias y de sus AplicacionesDescarga

Derechos: Observatorio del Ebro (Observatori de l’Ebre).

Por Nature journal - Nature JournalSource: [1][2], Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=601236
Por Nature journal - Nature JournalSource: [1][2], Dominio público,

Ibérica cubría desde la astronomía hasta la ingeniería civil, documentando la revolución tecnológica del siglo XX con un rigor exquisito. Su existencia revela una tensión interesante: una divulgación que aceptaba el progreso técnico y físico, pero que intentaba encuadrarlo dentro de una cosmovisión cristiana, compitiendo en el quiosco con las publicaciones laicas y materialistas.

7.2. Madrid Científico y la Vulgarización de la Ingeniería

La revista Madrid Científico experimentó una evolución reveladora. Nacida como un boletín técnico para ingenieros, a partir de la dictadura de Primo de Rivera (1923) transformó su línea editorial hacia una “vulgarización” pedagógica. Artículos con títulos como “¿Por qué las flores producen miel?” o “Divulgaciones de urbanización” empezaron a aparecer junto a cálculos de estructuras. Los ingenieros, liderados por figuras como Pedro Núñez Granés, utilizaron la revista para explicar a la ciudadanía la importancia del urbanismo higienista y las obras públicas, buscando legitimar su profesión como agentes de bienestar social y no solo como técnicos fríos.

7.3. El Sol: La Ciencia en la Prensa de Masas

El diario El Sol, fundado en 1917 por Nicolás María de Urgoiti y con Ortega y Gasset como inspirador intelectual, marcó el cenit del periodismo cultural en España. El Sol no trató la ciencia como una curiosidad o un relleno, sino como una sección estructural del periódico. Estableció un calendario semanal fijo de suplementos especializados:

  • Agricultura (Domingos).

  • Pedagogía (Lunes, con Luzuriaga).

  • Biología y Medicina (Martes, con el Dr. Rodríguez Lafora).

  • Ciencias Sociales y Económicas (Miércoles).

El hecho de que un diario comercial dedicara páginas enteras a la pedagogía o la biología indica que existía una clase media urbana ávida de formación y debate. El Sol integró la ciencia en la cultura general, situando una noticia sobre un descubrimiento médico al mismo nivel de importancia que una crítica literaria o una crónica política.

Talleres de ‘El Sol’. Urgoiti con Félix Lorenzo, Manuel Aznar –director del periódico-, y Luis Bagaría, entre otros. Más información: https://www.comunidad.madrid/archivos/index.php/es/actividades/documentos-en-la-onda/item/2601-documentos-en-la-onda-2018
Talleres de ‘El Sol’. Urgoiti con Félix Lorenzo, Manuel Aznar –director del periódico-, y Luis Bagaría, entre otros. .
Dentro del Fondo Urgoiti se conserva esta fotografía, fechada el 29 de noviembre de 1917, del primer día de trabajo en
Dentro del Fondo Urgoiti se conserva esta fotografía, fechada el 29 de noviembre de 1917, del primer día de trabajo en ‘El Sol’ que muestra a los empleados y editores junto a las más modernas rotativas y máquinas de composición del momento. .
Primer ejemplar de prueba del periódico “El Sol”, realizada el 29 de noviembre de 1917. Más información: https://www.comunidad.madrid/archivos/index.php/es/actividades/documentos-en-la-onda/item/2601-documentos-en-la-onda-2018
Primer ejemplar de prueba del periódico “El Sol”, realizada el 29 de noviembre de 1917. .

7.4. El Nacimiento de la Revista Las Ciencias (1934)

Un hito clave en la madurez de la AEPC fue la creación de su revista oficial, Las Ciencias. Durante años, la Asociación se había limitado a publicar actas de congresos, documentos densos y de circulación lenta. En 1934, bajo la secretaría de José María Torroja y la presidencia del Vizconde de Eza, se lanzó esta revista trimestral con un objetivo moderno: no solo publicar investigaciones originales, sino ofrecer “las líneas generales de sus adelantos” a la comunidad culta no especializada.   

Las Ciencias cubrió el hueco entre el paper académico y el periodismo, funcionando como un órgano de alta divulgación similar al Nature o Science de la época. Su aparición tardía (1934) demuestra que el impulso regeneracionista, lejos de agotarse, estaba alcanzando su cénit organizativo justo antes del colapso de 1936.

8. La Voz y la Imagen: Nuevas Tecnologías al Servicio del Saber

8.1. Unión Radio: La Universidad en las Ondas

La llegada de la radiodifusión en los años 20 abrió una frontera inédita para la divulgación. Unión Radio (fundada en 1924, precursora de la SER) se convirtió rápidamente en el medio más democrático de acceso a la cultura, saltando la barrera del analfabetismo que aún afectaba a gran parte de la población. Bajo la dirección de Ricardo Urgoiti (hijo del fundador de El Sol), la emisora programó conferencias y charlas de las mentes más brillantes de la época. La radio permitía que un campesino en un pueblo remoto escuchara a un catedrático de la Universidad Central explicar los avances en higiene o agricultura. Durante la Segunda República, la radio se usaría intensivamente como herramienta pedagógica, con programas diseñados específicamente para complementar la labor de las Misiones Pedagógicas.

8.2. La Linterna Mágica: Visualizando lo Invisible

En el ámbito presencial, la tecnología también revolucionó la enseñanza. La linterna mágica, un dispositivo óptico precursor del cine, dejó de ser un juguete de feria para convertirse en un instrumento científico indispensable. En los congresos de la AEPC y en las aulas del Museo de Ciencias Naturales, se utilizaban linternas de proyección avanzadas (con luz oxhídrica o eléctrica) para mostrar imágenes microscópicas de tejidos (clave para explicar la teoría neuronal de Cajal) o fotografías geológicas. Esto transformó la conferencia científica: ya no era solo un orador leyendo un texto, sino un espectáculo visual que permitía al público “ver” la ciencia, aumentando enormemente el impacto divulgativo y la comprensión de conceptos abstractos.

9. Mujeres en el Laboratorio: La Ruptura del Techo de Cristal

La Edad de Plata fue también el escenario de la primera incorporación significativa de la mujer a la ciencia española, impulsada por la política de coeducación de la ILE y la JAE (a través de la Residencia de Señoritas).

La figura de Jimena Quirós (1899-1983) destaca con luz propia. Fue la primera mujer en embarcar en una campaña oceanográfica en España (1921) y la primera científica funcionaria del IEO. Al igual que su mentor Odón de Buen, Quirós no separaba su labor científica de su activismo político y feminista. Su carrera demuestra que las mujeres no solo entraron en la ciencia como auxiliares, sino como investigadoras de pleno derecho, publicando trabajos y ganando oposiciones en igualdad de condiciones (o superando barreras adicionales).

Sin embargo, su historia también ilustra la fragilidad de estos avances. Tras la Guerra Civil, Quirós fue depurada, expulsada del IEO y su carrera científica truncada por su militancia republicana. No fue readmitida hasta 1966, ya como jubilada, en un gesto tardío de reparación administrativa que no podía devolverle los años de investigación perdidos. Su caso simboliza a toda una generación de pioneras (como las químicas del Instituto Rockefeller o las biólogas de la JAE) que fueron borradas de la memoria colectiva por la dictadura.

Imagen de un grupo de mujeres en una reunión del Consejo en Madrid de la Asociación Internacional de Universitarias. Las mujeres, ataviadas con ropa de estilo de la época, se encuentran sentadas y de pie alrededor de una mesa, enfocadas en una actividad. Al fondo, se ven detalles arquitectónicos antiguos de la sala.
Jimena Quirós
Jimena Quirós

10. Iberismo Científico: La Alianza Estratégica con Portugal

Un aspecto a menudo olvidado de la AEPC fue su dimensión internacionalista, concretada en el Iberismo Científico. Ante el dominio abrumador de la ciencia alemana, francesa y británica, los científicos españoles y portugueses comprendieron que aislados eran irrelevantes, pero juntos podían formar un bloque de influencia.

La colaboración cristalizó en los congresos conjuntos de Oporto (1921) y Salamanca (1923). Esta alianza no era meramente protocolaria; implicaba la creación de redes de intercambio, la homologación de estudios y la defensa conjunta de intereses en foros internacionales. La Associação Portuguesa para o Progresso das Ciências fue hermana gemela de la AEPC, y figuras como el astrónomo portugués Costa Lobo y el matemático Gomes Teixeira trabajaron codo con codo con sus homólogos españoles. Este movimiento anticipó en décadas la integración científica europea, basándose en la proximidad cultural y geográfica para potenciar la investigación.

11. El Eclipse: Guerra Civil, Depuración y el Fin de una Era

El estallido de la Guerra Civil el 18 de julio de 1936 supuso el fin traumático de este proyecto regenerador. La ciencia no fue inmune al conflicto; al contrario, fue una de sus principales víctimas.

11.1. El Desmantelamiento de la JAE y la AEPC

En la zona republicana, las instituciones intentaron mantener la normalidad bajo las bombas, pero el esfuerzo bélico absorbió todos los recursos. En la zona franquista, la JAE fue vista como un nido de liberalismo y masonería a exterminar. Tras la victoria franquista en 1939, la JAE fue disuelta y sus infraestructuras confiscadas para crear el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). El CSIC nació con un espíritu fundacional antagónico al de la JAE: buscaba restablecer la “unidad católica” de la ciencia y purgar cualquier elemento disidente. Su presidente, José Ibáñez Martín, declaró explícitamente la voluntad de borrar el legado de la Institución Libre de Enseñanza.

La AEPC, por su parte, entró en un estado de “vida latente” o “larga agonía”. Aunque siguió existiendo formalmente y celebrando algunos congresos (como el de Zaragoza en 1940, lleno de retórica del nuevo régimen), había perdido su alma. Sus líderes históricos estaban muertos (Cajal, Moret, Echegaray) o en el exilio (Odón de Buen, Blas Cabrera, Carrasco Formiguera, Pío del Río Hortega). La asociación fue vaciada de su contenido democrático y crítico, convirtiéndose en una carcasa burocrática que languideció hasta su práctica desaparición a finales de los años 70.

11.2. El Exilio del Talento

El exilio científico español fue devastador. México, Argentina y Estados Unidos se beneficiaron del talento formado laboriosamente por la JAE durante tres décadas. España perdió a sus mejores físicos, fisiólogos, naturalistas y matemáticos. La continuidad generacional se rompió. Los que se quedaron (el “exilio interior”) tuvieron que someterse a depuraciones ideológicas y trabajar en un ambiente de aislamiento internacional y precariedad material.

12. Conclusiones y Legado

La historia de la AEPC nos permite extraer conclusiones fundamentales sobre la relación entre ciencia y sociedad:

  • La Ciencia es Política: El auge de la ciencia española a principios del siglo XX no fue casualidad, sino el resultado de una decisión política consciente de las élites regeneracionistas (Costa, Gimeno, Echegaray, Cajal, Moret, Simarro…) que entendieron que la investigación era una cuestión de supervivencia nacional.

  • Soberanía Cultural y Lingüística: La advertencia de Río Hortega en 1937 sigue resonando hoy. La ciencia española de aquella época entendió que para ser universal primero debía ser fuerte en su propia identidad y lengua.

  • La Divulgación como Emancipación: Para la AEPC, divulgar no era solo “contar cosas curiosas”, sino emancipar al ciudadano de la superstición y el atraso. Era un acto de construcción de ciudadanía democrática.

  • La Necesidad de Estructuras: El talento individual (un Echegaray, un Cajal, un Río Hortega o un Ortega y Gasset) no bastan. Se necesitó crear un ecosistema institucional (AEPC, JAE, revistas, congresos) para que el talento floreciera y se reprodujera. La ciencia avanza a través de la superación del maestro.

  • La Fragilidad del Progreso: La rapidez con la que se destruyó el tejido científico en 1936 nos recuerda que la ciencia necesita libertad civil y estabilidad democrática. Cuando se impone el dogmatismo, la ciencia se marchita o huye.

Hoy, iniciativas como la nueva Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC), creada en 2018, buscan explícitamente recuperar ese hilo perdido, reivindicando la memoria de la AEPC no por nostalgia, sino como inspiración para afrontar los retos del siglo XXI: cambio climático, pandemias y desinformación. La lección de 1908 sigue vigente: una nación sin ciencia es una nación sin fuerza, y una ciencia sin sociedad civil es una torre de marfil estéril.

Si su labor es realmente meritoria, el premio vendrá a sorprenderle en su rincón.  

 Santiago. Ramón y Cajal 

La ciencia no es un lujo, es la estructura misma sobre la que se asienta la dignidad y la fuerza de una nación.

Ilustración de un submarino titulado